Annie

Otro día

Había sido otro duro e ingrato día de trabajo. La mujer, con caminar cansado y ánimo triste, entró en el bar, se sentó en uno de los taburetes de la barra y pidió una copa. Sin prestar demasiada atención a sus actos, abrió el periódico y empezó a leer su horóscopo. “Acuario. Un gran día para el amor. Hoy puedes encontrar a tu alma gemela”. Bebió un sorbo de su copa y sonrió. Ojalá fuese cierto. Se miró coquetamente en el espejo tras la barra y se arregló el pelo. Deslizó la mirada por el resto de ocupantes del local y descubrió a un hombre que la observaba tres butacas más allá. Ella se humedeció los labios y él sonrió. Quizás los astros estaban de su parte. Desvió los ojos hacia algún punto indeterminado en las entrañas del bar y se imaginó charlando con aquel hombre. Alto, moreno, interesante. Debía acercarse ya a él, no dejarlo todo en manos del destino. Miró de nuevo en su dirección y él seguía sonriéndole con picardía. De pronto, se acercó a ella el camarero y le apartó el periódico.
–Perdona, éste era el de ayer, aquí te dejo el de hoy.
Ella suspiró, se levantó y salió del bar con caminar cansado y ánimo triste. Sólo otro duro e ingrato día de trabajo.

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3 diciembre 2013 Posted by | Relatos | Deja un comentario

Efecto mariposa

Una copa de vino a medias más tarde se habrían enamorado, pero de momento sólo eran una pareja de desconocidos en la barra de un bar pensando en pedir dos refrescos de cola.

21 noviembre 2013 Posted by | Relatos | Deja un comentario

Un mal negocio

Un día encontró en internet una página web donde se ofrecía la copraventa de almas. Decidió aprovechar y conseguir algún dinero ya que, hasta el momento, la suya no le había sido de gran utilidad.

Cuando se dio cuenta de su error ya era demasiado tarde. El comprador, haciendo uso de la mercancía adquirida, había conseguido enamorar a la que debería haber sido la mujer de su vida, su alma gemela.

18 noviembre 2013 Posted by | Relatos | Deja un comentario

Calor humano

La noche era cerrada cuando llegué al hostal. En una pequeña habitación cubierta de cortinajes rojos la madame me tendió una tablet en cuya pantalla se leían las palabras “Carta de chicas y servicios”.

Acaricié su superficie con ansia y fueron apareciendo uno tras otro los cuerpos y rostros de las muchachas.

–Puede usted escoger diversas posibilidades –apuntó la madame–. La tarifa más económica incluye publicar en su Facebook veinte fotos con la chica, además de quince comentarios cariñosos que ella escribirá en su muro. Con un pequeño suplemento podrá incluso cambiar su estado para que aparezca como su novia.

–Yo… Había pensado en algo más cálido –contesté con tristeza.

–Le recomiendo entonces el servicio diario de whasapps o sms cariñosos o picantes.

–Lo que en realidad necesito es alguien que me abrace.

Pero la mujer me tildó de depravado y me echó de allí sin más contemplaciones.

18 noviembre 2013 Posted by | Relatos | Deja un comentario

Fin del trayecto (o un relato por compromiso)

Está amaneciendo. El día es frío, helador, diría yo. El autobús se dirige lentamente, con un traqueteo soportable, a completar su línea. La línea 23. Viajamos en él tres personas además del conductor. Una señora mayor, con tres capas de ropa, dormita en un asiento inmediatamente detrás del chófer. Yo viajo en la mitad del vehículo y una chica joven va al final. Todos guardamos las distancias y reina el silencio. Me fijo en la chica joven. Debe de tener alrededor de 20 años aunque quienes pasamos de los 50 calculamos muy mal la edad de los jóvenes, Es guapa, morena, parece alta y con un tipo importante, pero está sentada y no puedo afirmarlo sin riesgo de ser temerario. Un momento… De su asiento caen unas gotas al suelo del autobús. Son gotas de sangre. Hay un pequeño charco bajo sus pies y un constante goteo cae pesadamente, como a cámara lenta. Todo parece suceder a cámara lenta. Veo pasar la ciudad a través de las cristaleras del autobús dejando estelas tras de sí como en una fotografía borrosa. Cierro los ojos y escucho mi corazón bombeando sangre a la misma pausada velocidad. Bum… Bum… Bum… Sé lo que todo esto significa, pero mi cansado cerebro no parece querer discernir entre realidad y delirio. Hacía mucho que no sucedía. Abro los ojos y miro a la muchacha. Su rostro ha adquirido una palidez azulada y me mira con una sosegada sonrisa mientras el charco de sangre bajo sus pies ha empezado a fluir por el pasillo del vehículo hacia donde yo estoy. Su jersey está cubierto de manchas de sangre que no paran de crecer. ¡Maldita sea! Me tapo los ojos con las manos sin que ello haga desaparecer la sangre de mis retinas y todo parece detenerse. Los latidos de mi corazón, mis pensamientos, el autobús.
No hagas nada, no te muevas, no pienses. Pero sé que ahora soy la marioneta con la que juega una parte de mi cerebro que yo no puedo controlar. Pasan segundos, minutos, no lo sé. Vuelvo a abrir los ojos y veo que el autobús se ha detenido en la última parada. La sangre ha desaparecido, la anciana sigue dormitando y la muchacha acaba de alcanzar la escalerilla del vehículo. Bajo tras ella. El depredador tras la presa. Conozco bien mi papel, no es la primera vez que lo represento. No sé qué ha podido convertir a esa pobre chica en mi víctima, pero sé que ha sido marcada por algo superior a mí y no puedo dejarla escapar.
Aún puede verse la luna, aunque es apenas una curvilínea herida en la piel del amanecer. El cielo es de un marrón sucio, rojizo, ensangrentado. Ideal para quitar una vida. Saco mi navaja suiza del bolsillo interior de la chaqueta y el frío del alba me hace estremecer. Ella camina deprisa. La madrugada está dando paso a un triste amanecer, y todos mis pensamientos han dado paso al deseo de matar. Sonrío y la miro de nuevo acelerando la marcha. La sangre era la señal, el universo ha querido que yo estuviera en ese autobús para ella, para darle paz, para liberarla. No juzgo ni decido, sólo ejecuto. Río y el aire helado me encharca los pulmones. Centro mis pensamientos y mi mirada. Ella ha cruzado la calle, está ganando espacio. Acelero y salto a la calzada sin perderla de vista. Vuelvo a reír. De pronto oigo un fuerte claxon a mis espaldas al tiempo que giro la cabeza para ver el todoterreno que se me viene encima y me embiste como un animal furioso. El dolor se amarra a cada célula de mi cuerpo y caigo al suelo sin respiración, pensando tan sólo en esa luna color azafrán que me mira tranquila desde el infierno. Mi cuerpo convulsiona y vuelvo a respirar una vez más para notar que la boca se me llena de agua salada y peces muertos. Sobre mí se agacha la muchacha que trata de socorrerme con las manos temblorosas, el rostro muy pálido y el jersey manchado de sangre. La víctima socorriendo al verdugo. Río dentro de mi cabeza, ya que de mi cuerpo jamás volverá a salir la risa. Pronto mi sangre hará charco bajo sus pies. Mientras tanto, sigue amaneciendo.

14 febrero 2013 Posted by | Relatos | Deja un comentario

Lost in translation

Entre lo que piensas y lo que dices hay un abismo de corrientes submarinas que arrastran tus pensamientos hasta las profundidades.

Entre lo que yo digo y lo que tú entiendes hay un oscuro laberinto sin salida.

Entre las preguntas que no haces y las respuestas que no tengo caemos sin remedio en un bucle infinito.

13 junio 2009 Posted by | Relatos | Deja un comentario

La otra carta



Escribo
para no sentir el helado vacío de mis manos
   cuando sueltan las tuyas
                      y te vas.
Escribo
empezando una cuenta atrás interminable
  (lunes, martes, miércoles, ...)
que te devuelve a mí.
Escribo
para recordar mañana tus labios,
  tu aliento en mi boca, tus besos.
Escribo para impregnar las palabras del olor de tu cuerpo,
  Para no sentir esta soledad feroz que sólo se amansa contigo.
Escribo
      porque no tengo remedio ni lo quiero tener.
Escribo para no escribirte, suplicarte, rogarte
que vuelvas
que no me dejes
que sin ti no puedo siquiera escribir.

24 febrero 2008 Posted by | Relatos | 1 comentario

Despedidas

La última vez que se vieron él pidió café y ella tarta de chocolate. Con la mirada huidiza, ella desmembraba sin piedad la tarta y él removía con tristeza el azúcar de su café. El propósito de él era evitar que ella le hiriese sin querer, y el de ella que él no le hiriese intencionadamente. De nuevo.

-Pues si todavía tienes que pensarlo será que no hay nada que pensar.

-Pues eso será -se limitó a contestar ella.

Y allí quedaron los dos, con su café, su tarta y sus propósitos fracasados.

16 febrero 2008 Posted by | Relatos | Deja un comentario

Abuela

Olvidar a quién amaste o a quién odiaste. No saber si son tu hogar las paredes entre las que vives, ni es el mismo mundo que te ha visto envejecer el de ahí fuera. No recordar cuáles eran tus sueños y tus miedos, ni saber si estás sola o quién te acompaña. Sentir que estás perdiendo algo que no alcanzas a saber qué es, el tiempo, la vida, a ti misma. Qué has de hacer, qué decir, a quién echar de menos. Sentir cómo el día de ayer se hunde en un temporal de olas enfurecidas. Suspiras, frunces el ceño y dudas, siempre todo una duda. Has perdido tu equipaje de recuerdos en un andén desierto por el que sólo pasan trenes que no se detienen.
Yo, que siempre he temido un poco la locura, la soledad y el olvido, veo reflejados en ti todos mis miedos.

1 febrero 2008 Posted by | Relatos | 1 comentario

Tres días

Hace apenas tres días de nuestro último beso y sin embargo el tiempo parece haber tomado una magnitud insospechada. Lo recuerdo bien, nos besábamos, nos mirábamos con ternura y en la mano del otro encontrábamos la sensación de estar en el hogar. Sé que luego discutimos y de nuestras bocas salieron juramentos enfurecidos. Pero sé que le quería cuando le vi por última vez hace tres días. Y sé qué él me quería a mí.

 

Por la noche tuve sueños extraños, pesadillas de las que desperté inquieta y empapada en un sudor frío que se me metía en la carne. No recuerdo qué soñé. Y la pelea de aquél día parecía entonces más lejana, pero no más de las 72 horas que me separaban de ella. Estaba segura.

 

Sin embargo cuando le vi ya nada era lo mismo. Le encontré en nuestro café de siempre, con otra mujer, en actitud muy cariñosa y deseé morir. La miraba con dulzura, le acariciaba el hombro por el que se precipitaba el escotado jersey. Sentí un dolor agudo en el estómago, como si lo acabara de atravesar una navaja. Intenté hablarle. Pero en sus ojos sólo había indiferencia. Apenas tres días antes su mirada me hacía sentir deseada como nunca y ahora era otra la que ocupaba el lugar entre sus brazos. Sólo tres días.

 

-¿Estás loca? Hace cinco años que rompimos, olvídate de mí.

 

Creo que después me eché a llorar entre hipidos como una niña pequeña, intenté abrazarle y el pánico se apoderó de mí. No sé bien qué pasó después. Intenté recordar las últimas 72 horas desde nuestra pelea y mi cerebro dejó de obedecerme. Pensé que mi vida sin él sería sólo un decorado de cartón piedra con personajes inverosímiles. Corría descontrolada y me sentí rodar escaleras abajo.

 

Ahora mi cuerpo dolorido sólo busca explicaciones para cómo mi vida dejó de tener sentido en sólo 72 horas. El tiempo se ha convertido en mi enemigo y sólo me empuja hacia el final. Sé que él no lo habría permitido, porque me quería. Pero de eso hace tres días y ahora ya nada importa.

 

11 noviembre 2007 Posted by | Relatos | Deja un comentario

Nota de encargo

Vino buscando amor, pero le dije que en aquel momento no lo tenía en stock, que no podría suministrárselo de inmediato.

-¿Qué negocio es éste? ¿Qué tenéis en el almacén?

-Está a rebosar de miedo, dudas y complejos, que son bultos grandes que quitan lugar a otras mercancías.

Le propuse importar amor o hacérselo a medida.

-Eso tardaría.

-Sí, pero sería artesanal y de calidad inmejorable.

Aún así se marchó diciendo que no podía ser, que lo necesitaba con urgencia y que ya lo buscaría en algún otro lugar.

9 agosto 2007 Posted by | Relatos | 1 comentario

Fantasía

Abrió el grifo y el agua, muy caliente, empezó a llenar la bañera. Le añadió unas sales aromáticas que él le había regalado por su cumpleaños y un par de burbujitas de aceites. Se desvistió despacio delante del espejo, que el vapor de agua iba poco a poco empañando. Recorría con la mirada todas las imperfecciones de su cuerpo, todos aquellos complejos que sólo él había sabido amar y desear. Dejó la ropa amontonada en el suelo y caminó hacia la bañera. Metió un pie en el agua. Caliente, a su gusto. Se sumergió entera y suspiró hondo. Después cogió una de sus cuchillas de afeitar, la acarició con el dedo y pensó en lo guapo que estaba recién afeitado.

27 julio 2007 Posted by | Relatos | 1 comentario

Ansiedad

Estás en el centro de un enorme laberinto del que no consigues escapar. Corres y corres pero no logras más que volver al punto de partida. Estás ahí, sola y cansada, mirando las puntas de tus zapatos e intentando no pensar. Vuelves a correr y cuanto más pasadizos recorres más parece que sus pasillos se estrechan y se ensancha tu miedo. Coges el móvil y marcas su número. La única persona del mundo que puede enseñarte el camino. Tus dedos saben de memoria su número de tantas veces que lo han marcado sin llegar a llamarle. Vuelven los fantasmas y el miedo a que te rechace, a que te diga que ya nada es igual y que el laberinto no es su problema, miedo al ya no te quiero. Cuelgas. “Esa forma tan cobarde de no decirnos que no”. De pronto oyes rugir al monstruo que custodia el laberinto y sabes que nunca podrás liberarte, y en ese momento te odias y odias tu soledad, tus metáforas y tu cobardía y te resignas a estar atrapada en esa tela de araña que tú misma has tejido. Pero da igual. Ya todo da igual.

17 julio 2007 Posted by | Relatos | 2 comentarios

De cuando estuvimos locos

Cuando nos hacíamos los encontradizos por los pasillos de la universidad y un terremoto se abría paso entre nuestras entrañas.
Cuando tú me decías títulos de libros que en realidad no habías leído, para impresionarme
y yo los leía aunque fuesen un rollo, para impresionarte.
Cuando nos alimentábamos de besos, respirábamos besos, moríamos de besos.
Cuando la luz que se colaba por los ventanales de la biblioteca magnificaba el verde imposible de tus ojos.
Y las canciones hablaban de ese mismo verde (de ciencia ficción).
Cuando las horas se iban en conversaciones interminables y las miradas eran como cruces de caminos que nos llevaban a nuestro destino.
Locos. Dónde se fue la locura. Y cuánto tarda en regresar.

9 julio 2007 Posted by | Relatos | Deja un comentario

Sin corazón

Después de horas callejeando por los más olvidados suburbios de la ciudad encuentro el local. Un viejo billar convertido en taberna, mezcla de punto de encuentro con mujeres de alterne y purgatorio para los que viven sólo porque el corazón tiene la inercia de latir. En un rincón hay un tipo meciendo una cuna vacía, con los ojos vidriosos perdidos en medio de ninguna parte. Camino hacia la barra reprimiendo un escalofrío. En el otro extremo un perro flaco acerca una pelota a las manos de un viejo en una silla de ruedas, el viejo lanza la pelota a apenas un metro de distancia y el perro la vuelve a acercar con desidia. Mientras, en la radio suena la voz quebrada de una mujer entonando un blues. Algunos fuman recostados en dos desgastados sofás, en silencio y rodeados de una espesa neblina. Todo es sórdido y despreciable, siento náuseas y me falta el oxígeno. Parece como si la habitación se estrechase por momentos. ¿Qué hago yo en un lugar así? En una época en que casi cualquier enfermedad del cuerpo posee cura y puedo tener toda la calidad de vida que necesite, ¿por qué mi desesperación me lleva buscando mi autodestrucción? Desde que ella se marchó no he podido dejar de pensar en esos lugares de los que todo el mundo ha oído hablar pero nadie se atreve a buscar. Lugares donde combinan los adelantos de nuestra época y la inmoralidad antigua del ser humano.
Un tipo vestido de negro aparece de la nada en medio de mi ensimismamiento y me dice que le acompañe. Lo hago, sin preguntar, sin dudar, sin pensar.
Llegamos a una habitación blanca forrada de armaritos de cristal repletos de frascos. En el centro hay una mesa y dos butacas.
–¿Qué necesita? –pregunta el tipo de negro sin prolegómenos ni presentaciones.
–Quiero olvidarme de una mujer. Quiero dejar de amarla –tan directo como él.
Él se limita a sonreír, como pensando pobre diablo, otro más.
–Puedo darle algo, pero perderá para siempre su capacidad de amar.
–Mejor –respondo. Si fuese valiente me arrancaría el corazón del pecho, pienso.
–Si esto se vende aquí es porque los efectos secundarios son impredecibles. La química ha avanzado más deprisa que nuestra capacidad para dominarla.
Saco del bolsillo de la chaqueta un sobre con dinero. Sirve como respuesta. El tipo se levanta y de uno de los armarios saca una pastilla y me la da.
–¿Sólo una?
–Es suficiente.
Me levanto, tengo el pulso desbocado. Pienso en ella. Pienso en la vida que no tuve y en la vida que no tendré. Pienso también en la vida que me espera y me enloquecen las ganas de comenzar a dominar mi propia existencia comenzando por mi propio corazón. Si fuese valiente me lo arrancaría del pecho.
El tipo ha dicho algo que no he oído, me encamino directo a la barra y pido una copa. A mi lado observo al tipo que mece la cuna vacía. Me horroriza, quiero irme de allí cuanto antes. Engullo la pastilla y me bebo de un trago la copa. El sonido de la cuna meciéndose casi me paraliza. Qué habrá llevado allí a aquel hombre. Ninguna respuesta posible tendría ningún sentido, en cualquier caso. De pronto sólo siento indiferencia por la cuna y por el hombre. Miro hacia la barra y en el espejo del fondo estoy yo, y me veo desconocido, insignificante, prescindible. Mi respiración se acelera y me siento perdido y extraño. Vuelvo a mirarme y mis ojos me enfurecen, son los ojos de un tipo triste y desesperado que no merece vivir, un tipo sin sentido y cobarde, pues si no lo fuese ya se habría arrancado del pecho su estúpido corazón. Miro adentro de la barra y agarro un cuchillo que brilla en la penumbra. Me late el corazón como nunca en mi vida, pero no hay en él ni pizca de afecto, ni por ella ni por mí mismo. Mi pecho bombea aire y sangre sin tregua y yo sólo puedo pensar que soy lo suficientemente valiente para vivir sin corazón.

17 febrero 2007 Posted by | Relatos | 2 comentarios

Adán ante la tumba de Eva

“Donde quiera que ella estuviese,

allí estaba el Paraíso.”

Mark Twain

9 febrero 2007 Posted by | Relatos | 2 comentarios

Un hombre de provecho

Se suicidó porque toda la vida se había sentido utilizado y todos habían sacado provecho de él. Tras su muerte, entre amigos, vecinos y familiares, dieron cuenta de sus pertenencias, mientras que su cuerpo se lo repartieron entre el banco de órganos, la clase de anatomía del hospital universitario y el laboratorio de investigaciones neurológicas.

28 enero 2007 Posted by | Relatos | 3 comentarios

Náufragos

Somos dos cobardes que esperan a que la vida les pase por encima. Él se marcha a otra ciudad, yo seguiré aquí, ambos con la maleta cargada de deseos que ya nunca se realizarán. Esta noche nos despediremos y la incertidumbre borrará nuestro próximo encuentro.

–Yo volveré en verano y tú puedes venir a verme cuando quieras.

Aún no se ha ido y ya me habla como a un recuerdo. Le miro y descubro en sus ojos verdes el brillo de la nostalgia. Lo veo porque quiero verlo, en realidad no sé si he llegado a conocerle. No contesto, sigo caminando a su lado calle abajo. La noche nos envuelve y es mucho mejor así, al menos tenemos la intimidad de la cúpula negra.

–Ya te dije que antes o después me tendría que ir.

–Lo sé –no voy a interpretar el papel de hembra herida, él sabe tan bien como yo todo lo que nos perderemos. No es más valiente él por irse, ni más cobarde tampoco–. La vida es así.

La vida es una puta que nunca te besa en los labios.

–Es así –repito en voz más baja. Me coge entonces de la mano y la aprieta fuerte. Recuerdo que así empezó nuestra historia. Tras una tarde con él, saboreando cada minuto y cada detalle de su forma de ser, veía sus ojos brillantes en la penumbra, que reflejaban mis anhelos en lo suyos. Se imponía un beso. El beso. Nuestras manos hacía tiempo que se habían adelantado en el camino que nos acercaba. Jugaban, se acariciaban, y nosotros seguíamos hablando como si no tuviéramos nada que ver con ellas. Pero en realidad teníamos todo que ver con ellas, porque sus manos abrazando las mías me iban separando de la realidad, haciendo que mi cuerpo flotara a diez centímetros del suelo y a mi alrededor no hubiera más que el abismo. Notaba cómo el deseo por besarle iba instalándose en cada rincón de mi cuerpo y de mi mente. Pronto no quedaría nada que resistiera la invasión. Él se iba a marchar, pero allí estábamos besándonos en la noche sin que nada más importara.

Hoy todo es distinto. No quiero besar otros labios que no sean los suyos, pero sus labios son los que menos puedo tener. Ya ni siquiera eso importa. Ninguno de los dos dice nada y seguimos caminando en la noche como dos fantasmas que arrastran sus cadenas.

Ha empezado a chispear y nos metemos en el café de la esquina. Hay poca luz y menos gente. Elegimos una mesa al fondo y pedimos dos capuccinos. Me gusta cómo se mueve, cómo habla, su sonrisa, la expresión de su cara, me gusta todo de él. No sé si siente el mismo dolor que yo o sólo comparte el mío. Se está bien en la penumbra del café. Sus manos rozan las mías, esas manos que aprendieron tan bien a acariciar mi cuerpo, a tejer el placer con los hilos de mi deseo.

Los recuerdos me llevan lejos del café y del ahora. “Enséñame a acariciarte”. Clases de anatomía de dos amantes noveles. Su mano descendiendo por mi barriga hasta alcanzar mis braguitas y en cada nuevo movimiento de ataque, mi sistema de defensa cierra mis muslos atrapando su mano invasora. “Abrázame”. Afloja mis fuerzas, ablanda mis ánimos. Otro “te quiero” y mis muslos se alían con el invasor. Sus dedos se deslizan ya sin trabas por la humedad de mi sexo. Le beso asustada, nerviosa, excitada. Acaricia, rastrea, explora. Soy suya y él lo sabe. Le susurro, le guío. Mis brazos le rodean y mi aliento roza su oído. Acaricia buscando en mis lugares ocultos la fuente del placer. Le siento cercano, cálido, siento que una red de pasión y ternura nos atrapa a los dos.

Vamos, no quiero que estés triste. Seguiremos siendo buenos amigos.

La realidad de nuevo, un mal sitio para quien sigue creyendo en la magia.

No nos despedimos para siempre –su tono es de consuelo y disculpa.

Cuando nos volvamos a ver seremos dos extraños. En realidad ya lo somos un poco…

Me apetece llorar pero no lo haré. Templada y fría. Quiero que sepa que el pasado nunca le pedirá explicaciones. Que puede meter mis recuerdos en un cajón y olvidarse de mí, que nada importa si esta noche se va. Pero callo, como siempre.

El tiempo pasa despacio y yo no sé si le pierdo o si nunca le he tenido.

Cuando salimos del café sigue cayendo una lluvia suave. Desandamos el camino en busca de su coche. No tiene más que dejarme en casa e irse y convertirá el futuro en un lugar más gris. Al otro lado de la calle hay una parada de autobús

–Me parece que volveré a casa en bus, ¿no te parece mejor despedirnos ya?

La gente camina deprisa a nuestro alrededor, parece que la intensidad de la lluvia aumenta.

–Como quieras, cariño… –me mira con una expresión parecida a la tristeza–. Eres el amor de mi vida.

Contradictorio, incoherente. Me abraza y me dejo abrazar. No quiero que se marche. Quiero pasar el resto de mi vida con él.

Le acaricio el pelo, mis dedos se deslizan entre sus rizos negros perlados de gotas de lluvia.

–Todo irá bien. Llámame cuando llegues –le susurro al oído.

Un beso, el último.

Después cruzo la calle sin mirar atrás y siento en el pecho un vacío aterrador. En la parada de bus hay un tipo tocando un viejo violín. En el suelo la funda del instrumento con algunas monedas. Hay unas diez personas esperando al autobús y el tipo interpretando una melodía que a mí me parece triste. Todo me parece triste.

La lluvia ahora es más intensa, furiosa. Guarecida bajo el techo de la parada, me siento al lado del violinista y empiezo a llorar, miro a través de la lluvia y deseo con fuerza que él vuelva, que me abrace y me diga que no se irá, que me quiere y quiere estar conmigo. Pero de la lluvia no surge nada que calme mis anhelos y mi miedo. El violinista sigue tocando y las notas se mezclan con el sonido de la tormenta. Es un tipo joven, rubio y desgreñado, de piel clara y ojos azules, con suciedad de asfalto sobre el cuerpo, de tantas calles vagabundeadas. Llega el bus y todo el mundo sube. Yo me quedo quieta y miro la calle mojada. Se va el bus y la calle se queda desierta. Nadie camina ya por las aceras. Resguardados en la parada, el violinista y yo, como en una isla en medio del océano. Para de tocar, ya no tiene público con el que ganarse el sustento. Se queda mirándome, yo sigo llorando. Me pregunta algo en un idioma extranjero, tal vez ruso.

–Siga tocando, por favor –no creo que me entienda, pero poco importa. Me observa un instante, acaricia el violín y comienza una nueva melodía. Al cabo de unos minutos me levanto, me acerco a él y miro sus ojos tristes. Deja de tocar. Yo me limpio las lágrimas con la manga del jersey y le doy un largo beso en los labios. No me gusta el sabor de su boca, su aliento rancio y pesado, pero sigo besándole como si fuera lo último que voy a hacer en mi vida. Rebusco en los bolsillos de mi pantalón y dejo en la funda del violín las pocas monedas que encuentro. Después abandono la parada y salgo a mojar mi soledad bajo la lluvia.

21 enero 2007 Posted by | Relatos | 4 comentarios

¿Alguna vez has…

… enamorado a alguien con tu sonrisa?
… susurrado al oído una fantasía erótica?
¿la has hecho después realidad?
… besado hasta dolerte los labios?
… mordido un cuello? lamido un pezón?
… deslizado la mano bajo otras ropas?
…hecho el amor en un sitio imposible?
… mirado dormir a un ángel?
… temblado de amor?
… soñado con el color de unos ojos?
…compartido un trozo de tarta?
¿una cama pequeña? ¿una ducha caliente?
… escuchado de noche las olas del mar?
… regalado tu cuerpo y tu alma?
… respirado un instante con olor a eterno?
¿sabiendo que lo recordarías siempre?
¿sabiendo que nunca se repetiría?
… desplegado las alas y te has sentido libre?
… roto un complejo?
… asesinado un temor?
… hecho tuya la letra de una canción?
… sentido poesía en la piel?

¿Y qué haces aquí leyendo bobadas?

17 enero 2007 Posted by | Relatos | 2 comentarios

Cinco patas

En nuestra habitación hay una araña. Es pequeña y negra y varios aspectos de su existencia han conseguido inquietarme. A ti te habría encantado, siempre te aficionaron los bichos y más aún si les acompaña alguna peculiaridad, como es el caso. A mí no me gusta, sólo me inquieta.

Tiene cinco patas. La vengo observando desde que era apenas una manchita negra en la esquina del techo de la habitación. Cada noche al acostarme la miraba y notaba que ella me miraba a mí, allí, callada y quieta, merodeando en apenas medio metro cuadrado de techo. Apareció al poco de marcharte tú. No sé de qué se alimenta, no la he visto tejer ni cazar; en los libros o las películas las arañas elaboran telas y atrapan bichitos. Ésta no, ésta es diferente. A veces pienso que se alimenta de mis suspiros, que nació de mi primer llanto al perderte y ha ido creciendo con el agua salada de mis lágrimas evaporadas. Pero no, es una araña, no puede alimentarse de tristeza. O quizá no es una araña. Con sus cinco patas ondulando entre los grumos del gotelé parece más una estrella de mar. Quizá tantas lágrimas han aumentado la humedad ambiental y se encuentra como en una apacible marisma. Sin embargo no entiendo cómo ha podido llegar aquí, ni de dónde ha nacido. No es lógico que una estrella de mar viva en el techo de nuestra habitación, pero tampoco fue lógica tu muerte ni que el bicho se haya estado alimentando de mi tristeza.

Esta noche he puesto un taburete y he subido para cogerla. Ella no ha opuesto resistencia, apenas he acercado un dedo sus cinco patas han trepado por él. He visto sus minúsculos ojos negros clavados en los míos al tiempo que sentía un pinchazo y una fuerte sensación de vacío. He caído al suelo con una lágrima deslizándose por mis mejillas, dolorida y feliz porque sé ahora que tú eres ella y que en realidad venías para llevarme contigo.

7 noviembre 2006 Posted by | Relatos | 3 comentarios

La pequeña Peggy Sue

A la pequeña Peggy Sue Millers le gusta ir sin ropa interior. Peggy Sue es la hija menor del señor y la señora Millers, matrimonio tradicional, católico, conservador, moderado y notable del tranquilo pueblo de Valian. El hecho de que la pequeña Peggy Sue prefiera prescindir de las braguitas es un hecho que preocupa sobremanera al señor y la señora Millers. Es por ello que el pasado domingo decidieron presionar a su pequeña vástaga a acompañarles a la misa de once, bien equipada de ropa interior, de buenos propósitos de enmienda y de oraciones de pecadora redimida. Todo fue bien hasta que a la salida de la iglesia una inoportuna ráfaga de viento en la cima de la escalinata revolucionó la casta falda dominical de la pequeña Pegguy Sue al más puro estilo Marilyn haciendo ver a todos los sobrecogidos feligreses que, en efecto, aquel día llevaba braguitas. Ahora la pequeña Peggy Sue ha descubierto la delicada sensualidad de la lencería.

28 octubre 2006 Posted by | Relatos | 6 comentarios

Hoy sólo quiero sonrisas :)

Me encanta cuando sonríes y no tengo ni idea de por qué sonríes,
pero me gusta también cuando sé el motivo exacto de tu sonrisa,
puede que incluso mejor que tú.

Me gustan las sonrisas que me arropan y adormecen entre besos,
y los besos despertador acompañados de tu risa.

Me gustan tus sonrisas bañadas en luz de luna
y aquéllas saladas con agua de mar,
o las que saben a café o a chocolate.

Me encanta que tu sonrisa se adapte tan bien
a la forma exacta
de mis labios
a punto de besarte.

Podría ser adicta a tu sonrisa.
Imaginarla, anhelarla, añorarla.
Podría ser adicta a tus labios sonriendo. Y creo que lo soy.

2 octubre 2006 Posted by | Relatos | 3 comentarios

“Paradojas”

Son saladas las lágrimas aunque nazcan de tu amargura,
la amargura de afrontar que es mejor estar solo, que sentirse solo a ratos,
que puedes tener el corazón roto de amor y no de desamor
y, sin embargo, cortan igual los pedazos,
que tu valor no me defiende de mis miedos, sólo te hace víctima de ellos,
que los recuerdos dulces te pesan más que los tristes,
que no hay poesía en tus versos, sólo desesperanza rimada,
que aguardas en una estación a la que sólo llegan trenes vacíos.

11 agosto 2006 Posted by | Relatos | 2 comentarios

Historias

ÉL:
Es un asco que al final todo se acabe.

ELLA:
Pero, por definición, todo se acaba… al final.

ÉL:
No. Es un asco que todo se acabe antes del final.

Y ella con ternura besó los labios de él en un último beso, al que seguirían muchos más antes de que el final los devorara a ambos.

21 mayo 2006 Posted by | Relatos | 2 comentarios

“Acompañada”

Sola. Siempre ha estado sola. Lo estuvo cuando dio a luz a su hija y lo estuvo cuando lloraba por las noches. Lo estuvo mientras la niña crecía y cuando su sueldo apenas llegaba a fin de mes. Estuvo sola en mitad de cada tormenta y en el epicentro de los terremotos con que la vida la golpeaba.
Ahora tiene un nuevo novio y, cada vez que la ve apagada y triste, le dice:
–Creo que necesitas estar sola –y desaparece.
No tiene ni idea de que la soledad es la única que siempre le ha acompañado.

2 mayo 2006 Posted by | Relatos | 4 comentarios

El más allá

“El más allá”

De pronto, mientras pataleaba, se dio cuenta de que su ataúd era un huevo.

Alejandro Jodorowsky

5 febrero 2006 Posted by | Relatos | Deja un comentario

“Sin alma”


“Sin alma”

Me faltaban diez céntimos. Vacié toda la calderilla que llevaba en el bolso, ante la mirada impaciente del conductor, pero seguía sin haber bastante para el billete de bus. Miré a la vieja sentada tras el conductor, pero ella, con el cuello muy tieso, desvió la mirada a través de los cristales hacia el asfalto negrísimo de la calle en mitad de la noche.
–Son sólo diez céntimos, ¿no puedes hacerme un descuentillo?
–Escucha, guapa, si empiezo a perdonar dinero a cada uno que me lo pide, acabarán echándome y tengo tres críos a los que alimentar –su voz no tenía ni pizca de comprensión o humanidad, sólo hastío y prisa.
Volví la vista hacia la calle y pensé que me quedaría tirada en aquel asqueroso barrio de mala muerte por culpa de diez miserables céntimos. Me resistía a bajar, pero el conductor se impacientaba. Pensé que vendería mi alma al mismo diablo con tal de no tener que bajar del bus y pasar la noche en aquellas calles inmundas.
En aquel momento, un tipo alto y trajeado apareció a mi lado y dejó sobre la bandeja una moneda. No era una moneda de diez céntimos, era una que cubría el billete entero. Después puso una mano sobre mi espalda y dijo:
–Vamos, siéntate a mi lado.
Olía a jabón y perfume suave, llevaba un traje oscuro y un abrigo largo y tenía los ojos más hermosos que yo había visto. El autobús arrancó y yo permanecí sentada junto a aquel tipo sin casi atreverme a respirar.
–Gracias –dije tan sólo. Pero él no contestó, se limitó a poner su mano sobre la mía que permanecía en el espacio neutral entre ambos asientos. Yo no le miré, continué mirando al frente o hacia el suelo. El corazón se me aceleró y sentí cómo los pocos centímetros de mi piel que su mano tocaba ardían, latían, como si fuese el epicentro de un gran terremoto o un cataclismo a punto de estallar. Mi piel, tantas veces malvendida, cada día más insensible y apagada, ardía con el contacto casi imperceptible de aquella otra piel.
El viaje se hizo eterno. Cuando el autobús se acercó a mi destino, vi por los ventanales del bus a mis compañeras, exhibiendo sus blanquecinos cuerpos semidesnudos bajo los neones de la gasolinera. Pensé con tristeza que aquel era mi lugar. Liberé mi mano y caminé hacia la puerta.
Justo antes de salir del autobús me giré y él me miró a los ojos. Su mirada profunda y oscura me paralizó unos segundos. Los demás miraban mis muslos o mis pechos, pero él no buscaba carne como los demás, buscaba mi alma, se la quería cobrar.
Vi alejarse al bus y me sentí vacía. Me quedé allí sola, temblando, lamentando en silencio la desgraciada vida que me esperaba en adelante, ahora, además de puta, sin alma.

24 diciembre 2005 Posted by | Relatos | 3 comentarios

Puntos, cromos y vales descuento

Como cada domingo, D., H. y T. se dirigían hacia “la tasca alicantina” para ver el partido de fútbol y beber cerveza. A mitad de camino, H. paró frente a una joyería y señaló unos pendientes del escaparate.
–¿Os gustan? Se los voy a comprar a M.
Los dos amigos miraron los pendientitos y luego T. preguntó:
–¿Por qué? ¿Es su cumpleaños? ¿Vuestro aniversario?
–Nada de eso.
–¿Entonces? ¿Para qué se los vas a comprar?
–¿Cómo que para qué? A ellas les gustan esas cosas. Ganas puntos con detalles como ese.
Los dos amigos se miraron, miraron el escaparate y luego D. empezó a reírse.
–¿Puntos? ¿Para qué narices te sirven esos puntos?
–Es verdad, esa no es manera de enfocar una relación. Los puntos no sirven para nada. Para cuando quieras canjearlos, lo más probable es que haya caducado la promoción o quebrado la empresa –explicó T. con actitud paciente.
H. los miraba incrédulo, como si no comprendiera de qué le estaban hablando.
–Mira –dijo D.–, las relaciones no tienen que ver con puntos. Son más… como un álbum de cromos. ¿No coleccionabas cromos de pequeño? Es verdad que el objetivo es rellenar el álbum y que, cuando llegue ese día, me sentiré satisfecho y miraré sus páginas con orgullo y una cierta nostalgia. Pero mientras tanto, coño, cada cromo hay que disfrutarlo. Disfruta de tus cromos y olvida los puntos.
H. seguía intentando entender la lección que su amigo trataba de darle y mirando los pendientitos.
–Creo que os equivocáis los dos –dijo T. con seguridad–. Ni puntos ni cromos. Para mí las relaciones son como vales descuento. Puedes ir al súper sin descuentos, pero es mucho mejor ir con ellos.
Los otros dos se miraron un instante y luego estallaron en risas.
–Eres un romántico –dijo H.
Después continuaron su camino hacia “la tasca alicantina”.

22 diciembre 2005 Posted by | Relatos | Deja un comentario

El último lamento

El perro llevaba todo el día atado a la farola. Ya estaba allí cuando salí esta mañana de casa y continuaba cuando he vuelto del trabajo. Justo a la altura de mi portal, pero en la acera de enfrente, atado con la correa, sentado y quieto. Me pareció triste porque el día era frío y nadie miraba al animal, allí solo y olvidado.

Por la noche, ya tarde, me he asomado por la ventana y allí seguía. Las calles ya estaban desiertas y al parecer el dueño le había abandonado a su suerte. Pobre animal.

He dormido hasta que, de madrugada, me ha sobresaltado un lejano lamento. Era el aullido del perro, que me ha hecho estremecer. Mi abuelo decía que el aullido de un perro siempre anuncia la muerte. He mirado por la ventana y casi hubiera jurado que el animal miraba hacia mí. Seguía con sus lamentos desesperados en mitad de la noche.

En pijama y alpargatas, he bajado a la calle. El animal aullaba con más tristeza, su dolor se me metía en la carne, se me hacía insoportable. He cruzado la calle y sólo cuando me encontraba a un metro de él, se ha quedado callado. Sus ojos llorosos se clavaban en los míos, y la noche parecía tan negra como su pelaje. Me he acercado un poco más para acariciarle y aflojar su correa, y entonces, de pronto, el animal se ha puesto en pie lanzándome un enfurecido gruñido mientras mostraba unos colmillos amarillentos y afilados. He dado un salto atrás, con esos dientes fieros grabados en la retina mientras por la carretera unos faros y el chirrido de una frenada se mezclaban con mi terror. Durante estas milésimas de segundo sólo he podido oír la voz de mi abuelo repitiéndome que el aullido de un perro presagia la muerte.

10 diciembre 2005 Posted by | Relatos | 9 comentarios

“Suicidio”

En el jardín de mi casa había un árbol. Mi padre lo había plantado al poco tiempo de casarse con mi madre, cuando se mudaron a aquel lugar. Con el tiempo, creció y se hizo fuerte, nos regalaba su aroma y su sombra y los días de viento casi le oíamos entonar suaves melodías.
Años más tarde, cuando el árbol tenía ya quince y yo iba a cumplir los trece, mi padre murió. El pobre árbol nunca volvió a recuperarse de la pena. Se sumió en tal depresión que sus ramas empezaron a crecer hacia abajo. Las altas se secaron y las bajas empezaron a tirar de él hacia su base. Con el tiempo fue menguando su estatura y, cuando las ramas llegaron a tocar el suelo, se insertaron con fuerza en la tierra como si fuesen raíces en lugar de ramas. Semanas después no quedaba ni rastro del árbol; vencido por la tristeza, se había dado a sí mismo sepultura.

6 noviembre 2005 Posted by | Relatos | 3 comentarios