Annie

Un regalo

El hijo del panadero

No fumarte un porro también te puede matar, al menos de tristeza…

Escrito por elhijodelpanadero el 16-06-2012

Para Annie, por ser tan buena mecenas abecedárica…

Llovía como si no lo hubiera hecho en un lustro, sólo me quedaba tabaco para un último porro. Así es como me siento después de aquel viernes, como un día de lluvia sin tabaco con el que acompañar el hash. Son las doce y Annie sigue durmiendo, tal vez bebimos demasiado, primero ron, luego ginebra y para terminar un líquido verde impronunciable que mataba quince penas de cada trago. Yo tenía algo de resaca, ella infinito, como su sonrisa. La habitación olía como si hubieramos estado zurciendo heridas durante toda la noche. Ella ni tan siquiera se quitó la ropa. Le dije que el vestido le sentaba fenomenal, aunque le mentí, aunque ningún atuendo le quedaba mal, lo que mejor le sentaba era su desnudo. La mayoría de las veces la mentira es el mejor atajo, el más corto hacia la felicidad. La lluvia amenazaba con no parar, lo que antes eran charcos ahora se han convertido en profundos lagos que me recuerdan a los ojos de mi madre cuando le dije que tenía cáncer. También me recuerda a otra chica, pero ésta visita mi memoria cuando hay sol y cuando esta nublado, incluso cuando el hombre del tiempo no sabe que mierda colocar en el mapa, aún así, también esta ella. La realidad, es que siempre me acuerdo de ella. Si, no diré su nombre, Annie tiene la teoría de que pensar en otra mujer también se considera infidelidad. A estas alturas yo debo ser el hombre mas infiel del planeta. Desde el umbral de la puerta, Annie bosteza, lleva el pelo despeinado, como si hubiera estado peleando con gatos.

-Deberías hacerme el amor y el desayuno por ese orden-Dice. Hace mucho que no hacemos el amor, antes, cuando ella no se llamaba “amor mío” y yo no era “gordito” todo era distinto. Veinte minutos después ya no tengo nada en el depósito, ella bebe café y se lia mi último cigarro. Que la quiero, es indudable, ni siquiera le reprocho que se fume mi último cigarro. En la encimera de la cocina hay un libro con cien maneras de dejar de fumar mientras cocinas y en ninguna de ellas aparece el nombre de Annie, tampoco que te cases con una fumadora y que ella se fume tu parte. Tampoco dice como olvidarse de aquella chica, ni que hacer cuando la humedad te encharca los pulmones.

Mientras mi semblante está en esa pose pensativa, Annie me pregunta en qué pienso. Yo respondo que no le gustaría saberlo. Ella pone una cara de odiarme para siempre o hasta que la bese. Yo la beso, dos veces. Mientras, me pongo la chaqueta de las tristezas y un relámpago atraviesa la ciudad, yo sin paraguas, en una calle sin nombre, busco un estanco abierto…

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6 octubre 2012 - Posted by | General

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