Annie

A la deriva

De los infinitos puntos que posee una recta, sólo son necesarios dos cualesquiera para definirla. Le miro y no paro de pensar si este es el segundo punto que definirá nuestras vidas.

Casi me da vértigo recordar la última vez que nos vimos, diez años atrás.

–Hueles diferente.

Los hielos tintinean en nuestros vasos mientras el camarero los llena.

–He cambiado de perfume –contesto sin apartar la mirada de las copas que acaban de servirnos.

–Seguramente también sabes diferente.

La frase me abre las entrañas como si fuese un cuchillo de realidad. Le miro sin atreverme a contestar, ni a respirar. Él sonríe divertido.

–Tú estás igual –me limito a decir.

Es cierto que está igual que el día que nos dijimos adiós. El día que dejamos de ser nosotros para ser dos náufragos de aquél temporal. Los mismos ojos de un verde imposible, la misma sonrisa entre tierna y malévola, la misma atmósfera inabarcable entre los dos que a la vez nos atrae y nos repele.

En el local suena un lastimero blues. Qué apropiado.

–¿Has sido feliz sin mí? –otra vez directo a las entrañas.

–Sin ti todo es más fácil. No hay lágrimas. No hay dudas.  He tenido la felicidad que escogí.

Pienso que sin él en realidad todo es más gris. Más templado. Más mediocre. Pero no digo nada porque temo que una sucesión infinita de momentos no vividos me devuelva la yo que era entonces. No sé si temo volver a ser como era, o no saber en quién me he convertido.

Nos miramos con magnética intensidad. No parece que hayan pasado diez años. Ambos sabemos que cada uno de los instantes que separan nuestros encuentros está empapado por el otro, por sus recuerdos y por las fantasías de una realidad paralela en la que sabemos amarnos sin herirnos. Pero no es así.

Doy un trago a mi copa y respiro hondo. Me noto a la defensiva. De mí misma, no de él. Otro sorbo.

–Te he echado de menos.

Qué fácil desarmarme con una frase tan típica. Y qué eficaz.

Miro a través de los ventanales del local, donde, en medio de la oscuridad de la noche, se ha desatado la tormenta. Grandes gotarrones se deslizan por el cristal.

–Yo también a ti. Mucho.

Me concentro en no llorar, en no pensar, en no sentir. Pero sus ojos verdes me desbordan.

Como si tuvieran vida propia, nuestras manos han empezado a acariciarse bajo la mesa y mis palpitaciones aumentan por segundos.

–Hace años que me reconcilié con tu recuerdo. No fue culpa de nadie. Es sólo que a veces con el amor no basta.

Cómo puede no bastar, pienso. Qué más hay. Pero tiene razón, nos heríamos con la misma intensidad que nos amábamos.

Vuelvo  a perderme en mis silencios.

Parece que la lluvia aumenta y se oyen apagados truenos en la lejanía. De pronto una sensación de irrealidad lo envuelve todo. Hace diez años que me alimento de sus recuerdos y ahora que lo tengo al lado me siento cansada y miserable. Perdida.

–Lo siento, tengo que salir de aquí –digo mientras me levanto y corro hacia la calle.

Medio minuto después estoy bajo una lluvia cómplice que oculta mis lágrimas. Y él me abraza fuerte, y me besa, me desarma.

–Pues no, no sabes diferente –me susurra al oído.

Volvemos a abrazarnos, empapados, envueltos por la noche y la tormenta, como si la oscuridad y la lluvia pudiesen borrar diez años de vacío en el alma.

Pero nada puede borrarlo. Nada.

Le beso una vez más, intentando encerrar su aliento en mi boca para siempre, deseando detener la vida en un instante infinito.

Después subo a mi coche y me marcho sin mirar atrás, mientras me limpio las lágrimas con la manga del jersey. Volveré a la vida que elegí, a la felicidad que inventé, al calor de un hogar que calienta sin quemar. Y de camino a casa recogeré a los niños.

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15 mayo 2012 Posted by | General | 5 comentarios