Similitudes
Kilos de besos desparramados por tu cuerpo,
Arrobas de dulzura asomando por tus pupilas
Racimos de sonrisas a punto de ser devoradas
Leguas recorridas por tus dedos en mi piel
Onzas de deseo acumulado en los bordes de tu mirada
Sobre mi pecho que contigo palpita y se estremece.


Souvenirs
Mis manos heladas. Tu calor. Los besos a las 5 de la mañana. La mermelada de tomate. Garfield-Carrote. El visto bueno de la Tomasa. Tus ojos del color de la coca-cola. La nieve. El carajillo de ron. El te quiero un huevo. El gorrito rosa. La estación del silencio. El 127. Los mojitos. El primer tercio. La laguna de Gallocanta. La derrota al trivial. Las fotos chorra…
Mensajeras
–¡¡¡No veas!!! Había por lo menos 10.000 palomas!!!
–¿Mensajeras?
–No, no te ensajero.
.
.
.
jejejejejejeje
Quién sabe
El tiempo es una cosa muy extraña. En ocasiones sentimos que no es el momento adecuado para algo, el instante preciso en que armonicen cierta necesidad con las circunstancias adecuadas. Y en la espera la vida va sucediendo. Muchas veces ocurre que cuando llega el momento adecuado, ya es demasiado tarde, y en esa contradicción tan enorme y tan absurda de ‘ahora es el momento, pero ahora ya no es el momento’ mueren muchos sueños, en el instante justo en el que pasa de ser demasiado pronto a ser demasiado tarde. Porque el momento adecuado no es una etapa ni una época, es un segundo, que pasa mirándote a los ojos, desafiante. A veces da demasiado miedo y otras veces ya simplemente no importa. Por mi parte propongo, no siempre, de vez en cuando, hacer las cosas que necesitamos o nos apetecen, hacerlas ya, sin pensar y a destiempo, porque quizás el demasiado tarde llegue demasiado pronto mientras desaparece el momento oportuno y nos deja con un ya nunca entre los labios vacíos de palabras oportunas. Quién sabe.
La otra carta
Escribo
para no sentir el helado vacío de mis manos
cuando sueltan las tuyas
y te vas.
Escribo
empezando una cuenta atrás interminable
(lunes, martes, miércoles, ...)
que te devuelve a mí.
Escribo
para recordar mañana tus labios,
tu aliento en mi boca, tus besos.
Escribo para impregnar las palabras del olor de tu cuerpo,
Para no sentir esta soledad feroz que sólo se amansa contigo.
Escribo
porque no tengo remedio ni lo quiero tener.
Escribo para no escribirte, suplicarte, rogarte
que vuelvas
que no me dejes
que sin ti no puedo siquiera escribir.
Sorpresaaaaa
Tras un rato de escribir, borrar y reescribir esta entrada he llegado a la conclusión de que lo único que realmente quería decir es que me siento feliz y muy querida, y, de paso, dar las gracias a todos los culpables de ello. Yo, que nunca he tenido afición a pedir deseos al soplar las velas (sobre todo después de leer “La pata de mono”, vaya yuyu) he tenido que reconocerme a mí misma que mi deseo es seguir teniendo lo que tengo, y lo que necesito es dar las gracias por todos los recovecos del camino, azarosos o no, que me han llevado a estar en el punto en el que estoy. Sois los mejores y os quiero una barbaridad.
Despedidas
La última vez que se vieron él pidió café y ella tarta de chocolate. Con la mirada huidiza, ella desmembraba sin piedad la tarta y él removía con tristeza el azúcar de su café. El propósito de él era evitar que ella le hiriese sin querer, y el de ella que él no le hiriese intencionadamente. De nuevo.
-Pues si todavía tienes que pensarlo será que no hay nada que pensar.
-Pues eso será -se limitó a contestar ella.
Y allí quedaron los dos, con su café, su tarta y sus propósitos fracasados.
Feliz San Valentín

Contigo
(Joaquín Sabina)
Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.
Yo no quiero vecinas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.
Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardín;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin ti.
No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas “volvamos a empezar”;
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.
Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Conversaciones enamoradas entre matemáticos absurdos (o viceversa)
A: Cuéntame algo…
K: Un algo, dos algos, tres algos, …
A: Nah, eso sería cuéntame algos.
K: Pues ½ algo, ⅔ algo, ¾ algo… y te lo aproximo tanto como quieras.
A: Mejor bésame.
Abuela
Olvidar a quién amaste o a quién odiaste. No saber si son tu hogar las paredes entre las que vives, ni es el mismo mundo que te ha visto envejecer el de ahí fuera. No recordar cuáles eran tus sueños y tus miedos, ni saber si estás sola o quién te acompaña. Sentir que estás perdiendo algo que no alcanzas a saber qué es, el tiempo, la vida, a ti misma. Qué has de hacer, qué decir, a quién echar de menos. Sentir cómo el día de ayer se hunde en un temporal de olas enfurecidas. Suspiras, frunces el ceño y dudas, siempre todo una duda. Has perdido tu equipaje de recuerdos en un andén desierto por el que sólo pasan trenes que no se detienen.
Yo, que siempre he temido un poco la locura, la soledad y el olvido, veo reflejados en ti todos mis miedos.
Contigo
Estoy aprendiéndome de nuevo, inventándome de nuevo, descubriéndome.
Me redescubro y renazco entre tus brazos, me veo en tu forma de mirarme, en tu ternura, en tus caricias.
En tus susurros al oído conozco a una yo a la que no conocía y que me gusta. En este miedo inmenso que no es, sin embargo, un enemigo, sino un aliado, para estar atenta, para no perderme ni uno sólo de tus gestos.
También las palabras tienen nuevos significados:
dormir juntos no es sólo compartir un colchón,
abrazarnos es un estado de ánimo,
las preguntas y las respuestas son botellas lanzadas al mar,
las caricias conversaciones imposibles,
la locura son tus ojos brillantes
en la madrugada.
Qué ganas de seguir redescubriéndome
y, sobre todo, redescubriéndote.
Mis galanes
Cuando trabajas de cara al público te encuentras con muchos indeseables, maleducados y bordes, pero también aparece cada uno que te lo comerías a besos. Es el caso de mis dos clientes favoritos, admiradores incondicionales y fuente inagotable de sonrisas en los momentos de mayor necesidad. Uno de ellos, tiene 77 años y el otro ronda los 70.
El primero siempre me dice “aaay, si yo tuviera 20 años menos…” y, aunque me temo que necesitaría restar más del doble para alcanzarme, sé que me lo dice sin malicia y de corazón: “… si tuviera 20 años menos te iba a hacer la mujer más feliz del mundo”. “Ayyy, Juan Pedro, que si yo tuviera 20 años más no te me ibas a escapar” y él sonríe con la mejor sonrisa que he visto entre los habituales de la oficina.
El segundo me dice que no me case nunca, que soy demasiado bonita para que sólo un hombre me disfrute. Y, aunque las implicaciones de la frase son algo promiscuas, me quedo con el piropo encantada de la vida. Entonces hablamos sobre el amor y la necesidad de encontrar a alguien con quien compartir la vida, y él concluye en tono casi paternalista cómo habría de ser mi hombre ideal.
El primero me llama ‘mi churri’, me pregunta qué tal la mañana y me dice que él, aunque es mayor, tiene mucha vitalidad. “Mucha vitalidad y mucho peligro, no hay ninguna duda”, le digo.
El segundo siempre pregunta si mi chaval me está tratando bien, que no se entere él de lo contrario.
Ambos me alaban la sonrisa y coinciden en que la vida pasa en un suspiro. Y les quiero por recordármelo sin tristezas, con la valentía del que ha aprendido y disfrutado a cada paso. Son mis dos galanes y sería incapaz de elegir entre ellos.
Para que luego digan que las oficinas bancarias son lugares frívolos.
Tres días
Hace apenas tres días de nuestro último beso y sin embargo el tiempo parece haber tomado una magnitud insospechada. Lo recuerdo bien, nos besábamos, nos mirábamos con ternura y en la mano del otro encontrábamos la sensación de estar en el hogar. Sé que luego discutimos y de nuestras bocas salieron juramentos enfurecidos. Pero sé que le quería cuando le vi por última vez hace tres días. Y sé qué él me quería a mí.
Por la noche tuve sueños extraños, pesadillas de las que desperté inquieta y empapada en un sudor frío que se me metía en la carne. No recuerdo qué soñé. Y la pelea de aquél día parecía entonces más lejana, pero no más de las 72 horas que me separaban de ella. Estaba segura.
Sin embargo cuando le vi ya nada era lo mismo. Le encontré en nuestro café de siempre, con otra mujer, en actitud muy cariñosa y deseé morir. La miraba con dulzura, le acariciaba el hombro por el que se precipitaba el escotado jersey. Sentí un dolor agudo en el estómago, como si lo acabara de atravesar una navaja. Intenté hablarle. Pero en sus ojos sólo había indiferencia. Apenas tres días antes su mirada me hacía sentir deseada como nunca y ahora era otra la que ocupaba el lugar entre sus brazos. Sólo tres días.
-¿Estás loca? Hace cinco años que rompimos, olvídate de mí.
Creo que después me eché a llorar entre hipidos como una niña pequeña, intenté abrazarle y el pánico se apoderó de mí. No sé bien qué pasó después. Intenté recordar las últimas 72 horas desde nuestra pelea y mi cerebro dejó de obedecerme. Pensé que mi vida sin él sería sólo un decorado de cartón piedra con personajes inverosímiles. Corría descontrolada y me sentí rodar escaleras abajo.
Ahora mi cuerpo dolorido sólo busca explicaciones para cómo mi vida dejó de tener sentido en sólo 72 horas. El tiempo se ha convertido en mi enemigo y sólo me empuja hacia el final. Sé que él no lo habría permitido, porque me quería. Pero de eso hace tres días y ahora ya nada importa.
Nota de encargo
Vino buscando amor, pero le dije que en aquel momento no lo tenía en stock, que no podría suministrárselo de inmediato.
-¿Qué negocio es éste? ¿Qué tenéis en el almacén?
-Está a rebosar de miedo, dudas y complejos, que son bultos grandes que quitan lugar a otras mercancías.
Le propuse importar amor o hacérselo a medida.
-Eso tardaría.
-Sí, pero sería artesanal y de calidad inmejorable.
Aún así se marchó diciendo que no podía ser, que lo necesitaba con urgencia y que ya lo buscaría en algún otro lugar.

