Annie

Lost in translation

Entre lo que piensas y lo que dices hay un abismo de corrientes submarinas que arrastran tus pensamientos hasta las profundidades.

Entre lo que yo digo y lo que tú entiendes hay un oscuro laberinto sin salida.

Entre las preguntas que no haces y las respuestas que no tengo caemos sin remedio en un bucle infinito.

13 Junio 2009 Publicado por divannie | Relatos | | Aún no hay comentarios

La otra carta



Escribo
para no sentir el helado vacío de mis manos
   cuando sueltan las tuyas
                      y te vas.
Escribo
empezando una cuenta atrás interminable
  (lunes, martes, miércoles, ...)
que te devuelve a mí.
Escribo
para recordar mañana tus labios,
  tu aliento en mi boca, tus besos.
Escribo para impregnar las palabras del olor de tu cuerpo,
  Para no sentir esta soledad feroz que sólo se amansa contigo.
Escribo
      porque no tengo remedio ni lo quiero tener.
Escribo para no escribirte, suplicarte, rogarte
que vuelvas
que no me dejes
que sin ti no puedo siquiera escribir.

24 Febrero 2008 Publicado por divannie | Relatos | | 1 comentario

Despedidas

La última vez que se vieron él pidió café y ella tarta de chocolate. Con la mirada huidiza, ella desmembraba sin piedad la tarta y él removía con tristeza el azúcar de su café. El propósito de él era evitar que ella le hiriese sin querer, y el de ella que él no le hiriese intencionadamente. De nuevo.

-Pues si todavía tienes que pensarlo será que no hay nada que pensar.

-Pues eso será -se limitó a contestar ella.

Y allí quedaron los dos, con su café, su tarta y sus propósitos fracasados.

16 Febrero 2008 Publicado por divannie | Relatos | | Aún no hay comentarios

Abuela

Olvidar a quién amaste o a quién odiaste. No saber si son tu hogar las paredes entre las que vives, ni es el mismo mundo que te ha visto envejecer el de ahí fuera. No recordar cuáles eran tus sueños y tus miedos, ni saber si estás sola o quién te acompaña. Sentir que estás perdiendo algo que no alcanzas a saber qué es, el tiempo, la vida, a ti misma. Qué has de hacer, qué decir, a quién echar de menos. Sentir cómo el día de ayer se hunde en un temporal de olas enfurecidas. Suspiras, frunces el ceño y dudas, siempre todo una duda. Has perdido tu equipaje de recuerdos en un andén desierto por el que sólo pasan trenes que no se detienen.
Yo, que siempre he temido un poco la locura, la soledad y el olvido, veo reflejados en ti todos mis miedos.

1 Febrero 2008 Publicado por divannie | Relatos | | 1 comentario

Tres días

Hace apenas tres días de nuestro último beso y sin embargo el tiempo parece haber tomado una magnitud insospechada. Lo recuerdo bien, nos besábamos, nos mirábamos con ternura y en la mano del otro encontrábamos la sensación de estar en el hogar. Sé que luego discutimos y de nuestras bocas salieron juramentos enfurecidos. Pero sé que le quería cuando le vi por última vez hace tres días. Y sé qué él me quería a mí.

 

Por la noche tuve sueños extraños, pesadillas de las que desperté inquieta y empapada en un sudor frío que se me metía en la carne. No recuerdo qué soñé. Y la pelea de aquél día parecía entonces más lejana, pero no más de las 72 horas que me separaban de ella. Estaba segura.

 

Sin embargo cuando le vi ya nada era lo mismo. Le encontré en nuestro café de siempre, con otra mujer, en actitud muy cariñosa y deseé morir. La miraba con dulzura, le acariciaba el hombro por el que se precipitaba el escotado jersey. Sentí un dolor agudo en el estómago, como si lo acabara de atravesar una navaja. Intenté hablarle. Pero en sus ojos sólo había indiferencia. Apenas tres días antes su mirada me hacía sentir deseada como nunca y ahora era otra la que ocupaba el lugar entre sus brazos. Sólo tres días.

 

-¿Estás loca? Hace cinco años que rompimos, olvídate de mí.

 

Creo que después me eché a llorar entre hipidos como una niña pequeña, intenté abrazarle y el pánico se apoderó de mí. No sé bien qué pasó después. Intenté recordar las últimas 72 horas desde nuestra pelea y mi cerebro dejó de obedecerme. Pensé que mi vida sin él sería sólo un decorado de cartón piedra con personajes inverosímiles. Corría descontrolada y me sentí rodar escaleras abajo.

 

Ahora mi cuerpo dolorido sólo busca explicaciones para cómo mi vida dejó de tener sentido en sólo 72 horas. El tiempo se ha convertido en mi enemigo y sólo me empuja hacia el final. Sé que él no lo habría permitido, porque me quería. Pero de eso hace tres días y ahora ya nada importa.

 

11 Noviembre 2007 Publicado por divannie | Relatos | | Aún no hay comentarios

Nota de encargo

Vino buscando amor, pero le dije que en aquel momento no lo tenía en stock, que no podría suministrárselo de inmediato.

-¿Qué negocio es éste? ¿Qué tenéis en el almacén?

-Está a rebosar de miedo, dudas y complejos, que son bultos grandes que quitan lugar a otras mercancías.

Le propuse importar amor o hacérselo a medida.

-Eso tardaría.

-Sí, pero sería artesanal y de calidad inmejorable.

Aún así se marchó diciendo que no podía ser, que lo necesitaba con urgencia y que ya lo buscaría en algún otro lugar.

9 Agosto 2007 Publicado por divannie | Relatos | | 1 comentario

Fantasía

Abrió el grifo y el agua, muy caliente, empezó a llenar la bañera. Le añadió unas sales aromáticas que él le había regalado por su cumpleaños y un par de burbujitas de aceites. Se desvistió despacio delante del espejo, que el vapor de agua iba poco a poco empañando. Recorría con la mirada todas las imperfecciones de su cuerpo, todos aquellos complejos que sólo él había sabido amar y desear. Dejó la ropa amontonada en el suelo y caminó hacia la bañera. Metió un pie en el agua. Caliente, a su gusto. Se sumergió entera y suspiró hondo. Después cogió una de sus cuchillas de afeitar, la acarició con el dedo y pensó en lo guapo que estaba recién afeitado.

27 Julio 2007 Publicado por divannie | Relatos | | 1 comentario

Ansiedad

Estás en el centro de un enorme laberinto del que no consigues escapar. Corres y corres pero no logras más que volver al punto de partida. Estás ahí, sola y cansada, mirando las puntas de tus zapatos e intentando no pensar. Vuelves a correr y cuanto más pasadizos recorres más parece que sus pasillos se estrechan y se ensancha tu miedo. Coges el móvil y marcas su número. La única persona del mundo que puede enseñarte el camino. Tus dedos saben de memoria su número de tantas veces que lo han marcado sin llegar a llamarle. Vuelven los fantasmas y el miedo a que te rechace, a que te diga que ya nada es igual y que el laberinto no es su problema, miedo al ya no te quiero. Cuelgas. “Esa forma tan cobarde de no decirnos que no”. De pronto oyes rugir al monstruo que custodia el laberinto y sabes que nunca podrás liberarte, y en ese momento te odias y odias tu soledad, tus metáforas y tu cobardía y te resignas a estar atrapada en esa tela de araña que tú misma has tejido. Pero da igual. Ya todo da igual.

17 Julio 2007 Publicado por divannie | Relatos | | 2 comentarios

De cuando estuvimos locos

Cuando nos hacíamos los encontradizos por los pasillos de la universidad y un terremoto se abría paso entre nuestras entrañas.
Cuando tú me decías títulos de libros que en realidad no habías leído, para impresionarme
y yo los leía aunque fuesen un rollo, para impresionarte.
Cuando nos alimentábamos de besos, respirábamos besos, moríamos de besos.
Cuando la luz que se colaba por los ventanales de la biblioteca magnificaba el verde imposible de tus ojos.
Y las canciones hablaban de ese mismo verde (de ciencia ficción).
Cuando las horas se iban en conversaciones interminables y las miradas eran como cruces de caminos que nos llevaban a nuestro destino.
Locos. Dónde se fue la locura. Y cuánto tarda en regresar.

9 Julio 2007 Publicado por divannie | Relatos | | Aún no hay comentarios

Sin corazón

Después de horas callejeando por los más olvidados suburbios de la ciudad encuentro el local. Un viejo billar convertido en taberna, mezcla de punto de encuentro con mujeres de alterne y purgatorio para los que viven sólo porque el corazón tiene la inercia de latir. En un rincón hay un tipo meciendo una cuna vacía, con los ojos vidriosos perdidos en medio de ninguna parte. Camino hacia la barra reprimiendo un escalofrío. En el otro extremo un perro flaco acerca una pelota a las manos de un viejo en una silla de ruedas, el viejo lanza la pelota a apenas un metro de distancia y el perro la vuelve a acercar con desidia. Mientras, en la radio suena la voz quebrada de una mujer entonando un blues. Algunos fuman recostados en dos desgastados sofás, en silencio y rodeados de una espesa neblina. Todo es sórdido y despreciable, siento náuseas y me falta el oxígeno. Parece como si la habitación se estrechase por momentos. ¿Qué hago yo en un lugar así? En una época en que casi cualquier enfermedad del cuerpo posee cura y puedo tener toda la calidad de vida que necesite, ¿por qué mi desesperación me lleva buscando mi autodestrucción? Desde que ella se marchó no he podido dejar de pensar en esos lugares de los que todo el mundo ha oído hablar pero nadie se atreve a buscar. Lugares donde combinan los adelantos de nuestra época y la inmoralidad antigua del ser humano.
Un tipo vestido de negro aparece de la nada en medio de mi ensimismamiento y me dice que le acompañe. Lo hago, sin preguntar, sin dudar, sin pensar.
Llegamos a una habitación blanca forrada de armaritos de cristal repletos de frascos. En el centro hay una mesa y dos butacas.
–¿Qué necesita? –pregunta el tipo de negro sin prolegómenos ni presentaciones.
–Quiero olvidarme de una mujer. Quiero dejar de amarla –tan directo como él.
Él se limita a sonreír, como pensando pobre diablo, otro más.
–Puedo darle algo, pero perderá para siempre su capacidad de amar.
–Mejor –respondo. Si fuese valiente me arrancaría el corazón del pecho, pienso.
–Si esto se vende aquí es porque los efectos secundarios son impredecibles. La química ha avanzado más deprisa que nuestra capacidad para dominarla.
Saco del bolsillo de la chaqueta un sobre con dinero. Sirve como respuesta. El tipo se levanta y de uno de los armarios saca una pastilla y me la da.
–¿Sólo una?
–Es suficiente.
Me levanto, tengo el pulso desbocado. Pienso en ella. Pienso en la vida que no tuve y en la vida que no tendré. Pienso también en la vida que me espera y me enloquecen las ganas de comenzar a dominar mi propia existencia comenzando por mi propio corazón. Si fuese valiente me lo arrancaría del pecho.
El tipo ha dicho algo que no he oído, me encamino directo a la barra y pido una copa. A mi lado observo al tipo que mece la cuna vacía. Me horroriza, quiero irme de allí cuanto antes. Engullo la pastilla y me bebo de un trago la copa. El sonido de la cuna meciéndose casi me paraliza. Qué habrá llevado allí a aquel hombre. Ninguna respuesta posible tendría ningún sentido, en cualquier caso. De pronto sólo siento indiferencia por la cuna y por el hombre. Miro hacia la barra y en el espejo del fondo estoy yo, y me veo desconocido, insignificante, prescindible. Mi respiración se acelera y me siento perdido y extraño. Vuelvo a mirarme y mis ojos me enfurecen, son los ojos de un tipo triste y desesperado que no merece vivir, un tipo sin sentido y cobarde, pues si no lo fuese ya se habría arrancado del pecho su estúpido corazón. Miro adentro de la barra y agarro un cuchillo que brilla en la penumbra. Me late el corazón como nunca en mi vida, pero no hay en él ni pizca de afecto, ni por ella ni por mí mismo. Mi pecho bombea aire y sangre sin tregua y yo sólo puedo pensar que soy lo suficientemente valiente para vivir sin corazón.

17 Febrero 2007 Publicado por divannie | Relatos | | 2 comentarios

Adán ante la tumba de Eva

“Donde quiera que ella estuviese,

allí estaba el Paraíso.”

Mark Twain

9 Febrero 2007 Publicado por divannie | Relatos | | 2 comentarios

Un hombre de provecho

Se suicidó porque toda la vida se había sentido utilizado y todos habían sacado provecho de él. Tras su muerte, entre amigos, vecinos y familiares, dieron cuenta de sus pertenencias, mientras que su cuerpo se lo repartieron entre el banco de órganos, la clase de anatomía del hospital universitario y el laboratorio de investigaciones neurológicas.

28 Enero 2007 Publicado por divannie | Relatos | | 3 comentarios

Náufragos

Somos dos cobardes que esperan a que la vida les pase por encima. Él se marcha a otra ciudad, yo seguiré aquí, ambos con la maleta cargada de deseos que ya nunca se realizarán. Esta noche nos despediremos y la incertidumbre borrará nuestro próximo encuentro.

–Yo volveré en verano y tú puedes venir a verme cuando quieras.

Aún no se ha ido y ya me habla como a un recuerdo. Le miro y descubro en sus ojos verdes el brillo de la nostalgia. Lo veo porque quiero verlo, en realidad no sé si he llegado a conocerle. No contesto, sigo caminando a su lado calle abajo. La noche nos envuelve y es mucho mejor así, al menos tenemos la intimidad de la cúpula negra.

–Ya te dije que antes o después me tendría que ir.

–Lo sé –no voy a interpretar el papel de hembra herida, él sabe tan bien como yo todo lo que nos perderemos. No es más valiente él por irse, ni más cobarde tampoco–. La vida es así.

La vida es una puta que nunca te besa en los labios.

–Es así –repito en voz más baja. Me coge entonces de la mano y la aprieta fuerte. Recuerdo que así empezó nuestra historia. Tras una tarde con él, saboreando cada minuto y cada detalle de su forma de ser, veía sus ojos brillantes en la penumbra, que reflejaban mis anhelos en lo suyos. Se imponía un beso. El beso. Nuestras manos hacía tiempo que se habían adelantado en el camino que nos acercaba. Jugaban, se acariciaban, y nosotros seguíamos hablando como si no tuviéramos nada que ver con ellas. Pero en realidad teníamos todo que ver con ellas, porque sus manos abrazando las mías me iban separando de la realidad, haciendo que mi cuerpo flotara a diez centímetros del suelo y a mi alrededor no hubiera más que el abismo. Notaba cómo el deseo por besarle iba instalándose en cada rincón de mi cuerpo y de mi mente. Pronto no quedaría nada que resistiera la invasión. Él se iba a marchar, pero allí estábamos besándonos en la noche sin que nada más importara.

Hoy todo es distinto. No quiero besar otros labios que no sean los suyos, pero sus labios son los que menos puedo tener. Ya ni siquiera eso importa. Ninguno de los dos dice nada y seguimos caminando en la noche como dos fantasmas que arrastran sus cadenas.

Ha empezado a chispear y nos metemos en el café de la esquina. Hay poca luz y menos gente. Elegimos una mesa al fondo y pedimos dos capuccinos. Me gusta cómo se mueve, cómo habla, su sonrisa, la expresión de su cara, me gusta todo de él. No sé si siente el mismo dolor que yo o sólo comparte el mío. Se está bien en la penumbra del café. Sus manos rozan las mías, esas manos que aprendieron tan bien a acariciar mi cuerpo, a tejer el placer con los hilos de mi deseo.

Los recuerdos me llevan lejos del café y del ahora. “Enséñame a acariciarte”. Clases de anatomía de dos amantes noveles. Su mano descendiendo por mi barriga hasta alcanzar mis braguitas y en cada nuevo movimiento de ataque, mi sistema de defensa cierra mis muslos atrapando su mano invasora. “Abrázame”. Afloja mis fuerzas, ablanda mis ánimos. Otro “te quiero” y mis muslos se alían con el invasor. Sus dedos se deslizan ya sin trabas por la humedad de mi sexo. Le beso asustada, nerviosa, excitada. Acaricia, rastrea, explora. Soy suya y él lo sabe. Le susurro, le guío. Mis brazos le rodean y mi aliento roza su oído. Acaricia buscando en mis lugares ocultos la fuente del placer. Le siento cercano, cálido, siento que una red de pasión y ternura nos atrapa a los dos.

Vamos, no quiero que estés triste. Seguiremos siendo buenos amigos.

La realidad de nuevo, un mal sitio para quien sigue creyendo en la magia.

No nos despedimos para siempre –su tono es de consuelo y disculpa.

Cuando nos volvamos a ver seremos dos extraños. En realidad ya lo somos un poco…

Me apetece llorar pero no lo haré. Templada y fría. Quiero que sepa que el pasado nunca le pedirá explicaciones. Que puede meter mis recuerdos en un cajón y olvidarse de mí, que nada importa si esta noche se va. Pero callo, como siempre.

El tiempo pasa despacio y yo no sé si le pierdo o si nunca le he tenido.

Cuando salimos del café sigue cayendo una lluvia suave. Desandamos el camino en busca de su coche. No tiene más que dejarme en casa e irse y convertirá el futuro en un lugar más gris. Al otro lado de la calle hay una parada de autobús

–Me parece que volveré a casa en bus, ¿no te parece mejor despedirnos ya?

La gente camina deprisa a nuestro alrededor, parece que la intensidad de la lluvia aumenta.

–Como quieras, cariño… –me mira con una expresión parecida a la tristeza–. Eres el amor de mi vida.

Contradictorio, incoherente. Me abraza y me dejo abrazar. No quiero que se marche. Quiero pasar el resto de mi vida con él.

Le acaricio el pelo, mis dedos se deslizan entre sus rizos negros perlados de gotas de lluvia.

–Todo irá bien. Llámame cuando llegues –le susurro al oído.

Un beso, el último.

Después cruzo la calle sin mirar atrás y siento en el pecho un vacío aterrador. En la parada de bus hay un tipo tocando un viejo violín. En el suelo la funda del instrumento con algunas monedas. Hay unas diez personas esperando al autobús y el tipo interpretando una melodía que a mí me parece triste. Todo me parece triste.

La lluvia ahora es más intensa, furiosa. Guarecida bajo el techo de la parada, me siento al lado del violinista y empiezo a llorar, miro a través de la lluvia y deseo con fuerza que él vuelva, que me abrace y me diga que no se irá, que me quiere y quiere estar conmigo. Pero de la lluvia no surge nada que calme mis anhelos y mi miedo. El violinista sigue tocando y las notas se mezclan con el sonido de la tormenta. Es un tipo joven, rubio y desgreñado, de piel clara y ojos azules, con suciedad de asfalto sobre el cuerpo, de tantas calles vagabundeadas. Llega el bus y todo el mundo sube. Yo me quedo quieta y miro la calle mojada. Se va el bus y la calle se queda desierta. Nadie camina ya por las aceras. Resguardados en la parada, el violinista y yo, como en una isla en medio del océano. Para de tocar, ya no tiene público con el que ganarse el sustento. Se queda mirándome, yo sigo llorando. Me pregunta algo en un idioma extranjero, tal vez ruso.

–Siga tocando, por favor –no creo que me entienda, pero poco importa. Me observa un instante, acaricia el violín y comienza una nueva melodía. Al cabo de unos minutos me levanto, me acerco a él y miro sus ojos tristes. Deja de tocar. Yo me limpio las lágrimas con la manga del jersey y le doy un largo beso en los labios. No me gusta el sabor de su boca, su aliento rancio y pesado, pero sigo besándole como si fuera lo último que voy a hacer en mi vida. Rebusco en los bolsillos de mi pantalón y dejo en la funda del violín las pocas monedas que encuentro. Después abandono la parada y salgo a mojar mi soledad bajo la lluvia.

21 Enero 2007 Publicado por divannie | Relatos | | 4 comentarios

¿Alguna vez has…

… enamorado a alguien con tu sonrisa?
… susurrado al oído una fantasía erótica?
¿la has hecho después realidad?
… besado hasta dolerte los labios?
… mordido un cuello? lamido un pezón?
… deslizado la mano bajo otras ropas?
…hecho el amor en un sitio imposible?
… mirado dormir a un ángel?
… temblado de amor?
… soñado con el color de unos ojos?
…compartido un trozo de tarta?
¿una cama pequeña? ¿una ducha caliente?
… escuchado de noche las olas del mar?
… regalado tu cuerpo y tu alma?
… respirado un instante con olor a eterno?
¿sabiendo que lo recordarías siempre?
¿sabiendo que nunca se repetiría?
… desplegado las alas y te has sentido libre?
… roto un complejo?
… asesinado un temor?
… hecho tuya la letra de una canción?
… sentido poesía en la piel?

¿Y qué haces aquí leyendo bobadas?

17 Enero 2007 Publicado por divannie | Relatos | | 2 comentarios

Cinco patas

En nuestra habitación hay una araña. Es pequeña y negra y varios aspectos de su existencia han conseguido inquietarme. A ti te habría encantado, siempre te aficionaron los bichos y más aún si les acompaña alguna peculiaridad, como es el caso. A mí no me gusta, sólo me inquieta.

Tiene cinco patas. La vengo observando desde que era apenas una manchita negra en la esquina del techo de la habitación. Cada noche al acostarme la miraba y notaba que ella me miraba a mí, allí, callada y quieta, merodeando en apenas medio metro cuadrado de techo. Apareció al poco de marcharte tú. No sé de qué se alimenta, no la he visto tejer ni cazar; en los libros o las películas las arañas elaboran telas y atrapan bichitos. Ésta no, ésta es diferente. A veces pienso que se alimenta de mis suspiros, que nació de mi primer llanto al perderte y ha ido creciendo con el agua salada de mis lágrimas evaporadas. Pero no, es una araña, no puede alimentarse de tristeza. O quizá no es una araña. Con sus cinco patas ondulando entre los grumos del gotelé parece más una estrella de mar. Quizá tantas lágrimas han aumentado la humedad ambiental y se encuentra como en una apacible marisma. Sin embargo no entiendo cómo ha podido llegar aquí, ni de dónde ha nacido. No es lógico que una estrella de mar viva en el techo de nuestra habitación, pero tampoco fue lógica tu muerte ni que el bicho se haya estado alimentando de mi tristeza.

Esta noche he puesto un taburete y he subido para cogerla. Ella no ha opuesto resistencia, apenas he acercado un dedo sus cinco patas han trepado por él. He visto sus minúsculos ojos negros clavados en los míos al tiempo que sentía un pinchazo y una fuerte sensación de vacío. He caído al suelo con una lágrima deslizándose por mis mejillas, dolorida y feliz porque sé ahora que tú eres ella y que en realidad venías para llevarme contigo.

7 Noviembre 2006 Publicado por divannie | Relatos | | 3 comentarios