Sueños rotos
Sábado noche en mi nuevo hogar. Nos sobran los motivos y para cenar hay tarta de chocolate de dos tipos diferentes y mojitos, ¿se puede ser más feliz? Quizás sí, pero siempre me gusta guardar un huequito para mi vieja amiga la melancolía.
Llevo algún tiempo pensando que lo de escribir fue un sueño que explotó como una pompa de jabón. No escribo porque ni sirvo para escribir ni quiero hacerlo. No quiero plasmar mis pensamientos en palabras, quiero exhalarlos por mis poros y extenderlos por cada cosa que acaricio y que siento, quiero vivirlos más que compartirlos, quiero sangrarlos hasta quedar moribunda sobre ellos y necesitar reanimación. No me importa que nadie lea lo que cuento o lo que invento, quiero que unas pocas personas lo vean reflejado en mis pupilas como luz de luna llena en un estanque olvidado. Secreto. Inaccesible. Perdido.
Escribir. Un sueño roto como otro cualquiera. Como los del boulevard de Sabina o los del 12 de agosto. Sueños que escogimos con desesperada necesidad y se han ido sustituyendo con otros. Sueños que se rompen por accidente o a voluntad, rotos en mil pedazos o sólo con un desconchado que corta cuando los acariciamos.
Sueños. Amigos, amantes, enemigos.
