Una boda, un funeral y cienes de mojitos
Como he de romper la maldición del mes que llevo sin escribir, voy a hacer una de las cosas que menos me gusta hacer: hablar de mi vida.
¿Y a quién le importa mi vida? Pues eso digo yo, pero como de algo hay que hablar y últimamente no tengo mucho tiempo para pensar (ya sé que no había antes mucho hábito de hacerlo) pues tenía dos opciones, hablar del tiempo (HACE MUCHO CALOR. FIN) o hablar de mí, y eso haré. Aunque nunca se sabe si hablo de mí o hablo de una ‘yo’ hipotética o inventada. Pues eso.
El caso es que en este mes han pasado bastantes cosas, y la mayoría de ellas no las he acabado de asimilar, porque soy muy lentita y a veces la vida me lleva muchísima ventaja.
En tiempos remotos yo utilizaba la escritura para ordenar ideas, aunque lo que saliese fuese la mayoría de veces incomprensible (y quizás es que mi cabeza es exactamente así de incomprensible e inordenable, pero al menos tomaba conciencia de mi lógica dentro del caos) (o mi caos dentro del caos) (eso es).
Una de mis mejores amigas se ha casado, e iba preciosa y sonó la de “Contigo” de Sabina. Y espero que tenga siempre ese amor que mata y nunca muere, pero también París con aguacero y columpio en el jardín.
Otro de mis amigos ha perdido a su padre, después de muchísimos sufrimientos, y pienso que la tristeza y la liberación pueden compartir espacio en nuestro pecho, el dolor inmenso de no volver a ver a los que amamos y la tranquilidad de haber hecho todo cuanto podíamos para que su vida fuese un poquito mejor.
Mi abuela, esa mujer de ojos azules y voluntad enérgica, sigue pasito a pasito su camino hacia el propio olvido. Eso me entristece. También recuerdo muchas veces a mi abuelo, pero esa es otra historia de la que hablaré en su propia entrada.
Yo, por mi parte, en una especie de simulacro vital, estreno casa y vida. Con bricolaje del ikea incluido, noches de risas y mojitos, batallas con las pelusas de polvo que se esconden bajo la cama (los Charlies), caricias, mordiscos y todo cuanto ha de tener un hogar que se precie de serlo. No he podido escoger mejor compañero para el camino que nos espera. No sé cuánto tardará el destino, el trabajo o las obligaciones, en separarnos, sólo espero que un día este simulacro que estamos haciendo sea algo firme y sólido.
Y blablabla.Lo que de verdad importa es que nada es objetivamente importante. Y que cuando llegas a un punto en que la vida pasa a la velocidad de la luz, ya vayas montado en su estela o la estés viendo pasar, es momento de parar y sacar conclusiones. Tender la mano a un amigo, llorar de emoción en una boda o pedir perdón a aquellos a los que un día herimos. No me olvido.
Y si ves pasar la vida como una estrella fugaz,
pide un deseo,
tu propio deseo,
no te contentes con lo que haya pedido la mayoría.

