Mi boca
Hay días en los que los problemas tienen un cierto carácter orgánico. Adquieren vida y cuerpo: nacen, crecen, se reproducen y se vuelven inmortales (mezcla entre cucaracha y villano de comic).
Se dividen, además, en dos ecosistemas principales: uno se localiza en el interior de mi boca y el otro en su exterior.
En el interior de mi boca tenemos, por ejemplo, a mi tiránica muela del juicio, prepotente y cruel, que ha llegado la última y pretende reorganizar todo el entorno previamente existente.
En el exterior hay problemas más mundanos, como, por ejemplo, todo lo que tendría que haber estudiado llegadas estas fechas y sigue apilado en mi escritorio cogiendo polvo.
Hay otros problemas, sin embargo, que no se contentan con pertenecer a uno sólo de esos dos ecosistemas y se dedican a migrar e inundarlo todo. Dicho grupo de problemas suele nacer en el interior de mi boca y, acto seguido, tomar distintos caminos (interiores o exteriores).
Todo lo que no debería decir y digo o todo lo que debería decir y no digo es un claro ejemplo de lo que nace en mi boca y luego coloniza el mundo exterior dando lugar a pandemias emocionales u otras catástrofes impredecibles.
En el grupo contrario, el de problemas que nacen en mi boca y van después a parar a otras zonas de mi propio cuerpo, tenemos la ingesta de chocolates (chocolate, alimentos derivados del chocolate, alimentos envueltos y/o rellenos de chocolate).
Aunque, bien visto, lo del chocolate no hace más que convivir en simbiosis con males más preocupantes, como el de que dentro de dos semanas tengo exámenes y debería estar estudiando en vez de divagar de este modo. En fin.

En esas ocasiones, me gusta pensar que en ochenta años voy a estar muerto y que, total, qué más va a dar.
No te estreses